Una hermosa mañana de abril, en una angosta calle del antiguo barrio de Barracas, pasé al lado de la chica 100% perfecta.
Para decirte la verdad, ella no es tan linda. No se destaca de ninguna forma. Su ropa no es nada especial. Las puntas de su pelo todavía están dobladas en la forma que las moldeó su almohada. No es joven tampoco – debe estar alrededor de los treinta, ni siquiera cerca de ser un “chica”, si hablamos estrictamente. Pero aún así, lo sé desde cincuenta metros a lo lejos: Ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la veo, hay un golpeteo en mi pecho, y mi boca es tan seca como el desierto.
Quizás vos tengas tu tipo de chica favorita – una con tobillos delgados, por ejemplo, o con grande ojos, o dedos gráciles, o estás atraído sin razón alguna a las chicas que se toman su tiempo en cada comida. Yo tengo mis propias preferencias, claro está. Algunas veces en un restaurante me encuentro a mí mismo observando a la chica de la mesa contigua solo porque me gusta la forma de su nariz.
Pero nadie puede insistir que esta chica 100% perfecta corresponde a algún tipo preconcebido. Tanto como me gustan las narices, no puedo recordar la forma de la suya – o incluso si tenía una. Todo lo que puedo recordar es que ella no era una gran belleza. Es raro.
“Ayer en la calle encontré a la chica 100% perfecta” le digo a alguien.
“¿Sí?” él dice. “¿Linda?”
“No realmente.”
“De tu tipo favorito entonces.”
“No lo sé. Parece que no puedo recordar nada acerca de ella – la forma de sus ojos o el tamaño de sus pechos.”
“Extraño.”
“Sí. Extraño.”
“Entonces,” dijo ya algo aburrido, “¿qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?”
“No. Solamente la crucé por la calle.”
Ella está caminando de este a oeste, y yo de oeste a este. Es una mañana de abril realmente hermosa.
Desearía poder hablarle. Media hora sería suficiente: solo preguntarle acerca de ella misma, contarle un poco de mí, y – lo que realmente querría hacer – explicarle las complejidades del destino que llevaron a que nos encontráramos en una angosta calle de Barracas en una hermosa mañana de abril de 2003. Esto era algo que seguramente estaba lleno de cálidos secretos, como un reloj antiguo, construido cuando la paz reinaba en el mundo.
Después de hablar, almorzaríamos en algún lado, quizás veríamos alguna película de Woody Allen, pararíamos en un bar por unos tragos. Quizás, con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.
La potencialidad golpea en la puerta de mi corazón.
Ahora la distancia entre nosotros se ha reducido a solo cinco metros.
¿Cómo puedo abordarla? ¿Qué debería decir?
“Buen día, señorita. ¿Cree que podría invertir media hora de su tiempo en un poco de conversación?”
Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.
“Discúlpeme, ¿sabe si hay un lavadero cerca que esté abierto toda la noche?”
No, esto es más ridículo. No llevo nada de ropa sucia, para empezar. ¿Quién creería una línea como esa?
Quizás la simple verdad sea suficiente. “Buen día. Sos la chica 100% perfecta para mí.”
No, no lo creería tampoco. O si lo hiciera, quizás no quiera hablarme. “Disculpame,” podría decir, “puede ser que yo sea la chica 100% perfecta para vos, pero vos no sos el chico 100% perfecto para mí”. Podría pasar. Y si me encontrara en esa situación, probablemente quede roto en mil pedazos. Nunca me recuperaría del shock. Tengo treinta y dos, y eso es de lo que se trata envejecer.
Pasamos en frente de un puesto de flores. Una pequeña y cálida masa de aire toca mi piel. El asfalto está húmedo y llego a oler la esencia de las rosas. No puedo obligarme a hablar con ella. Ella viste un sweater blanco, y en su mano derecha sostiene un quebradizo sobre blanco con solo una estampilla. Entonces: le ha escrito una carta a alguien, quizás pasó toda la noche escribiendo, si me guío por la somnolienta apariencia de sus ojos. El sobre pudo contener cada secreto que ella haya tenido.
Hice algunos pasos más y volteé: ella se ha perdido en la multitud.
Ahora, por supuesto, sé exactamente que le debería haber dicho. Hubiese sido un discurso largo, sin embargo, demasiado largo como para haberlo pronunciado correctamente. Las ideas que tengo nunca son muy prácticas.
Ay, bueno. Hubiese empezado “Había una vez” y terminado con “Una triste historia, ¿no te parece?”.
Había una vez un chico y una chica. El chico tenía dieciocho y la chica dieciséis. Él no era inusualmente buen mozo, y ella no era especialmente hermosa. Ellos eran solamente un ordinario chico solitario y una ordinaria chica solitaria, como todos los otros. Pero creían con todo su corazón que en alguna parte del mundo vivía el chico 100% perfecto y la chica 100% perfecta para ellos. Sí, creían en un milagro. Y ese milagro realmente sucedió.
Un día, ambos se encontraron en una esquina.
“Esto es increíble,” dijo él. “Te he estado buscando toda mi vida. Quizás no creas esto, pero vos sos la chica 100% perfecta para mí.”
“Y vos,” dijo ella a él, “sos el chico 100% perfecto para mí, exactamente como te había imaginado, cada detalle. Es como un sueño.”
Se sentaron en un banco de la plaza, tomados de las manos, y se contaron sus historias hora tras hora. No estaban más solos. Habían encontrado y habían sido encontrados por su otro 100% perfecto. ¡Qué cosa hermosa es encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto! Es un milagro, un milagro cósmico.
Mientras se sentaron y hablaron, una pequeña, pequeña duda plateada se instaló en sus corazones: ¿Estaba realmente bien que los propios sueños se vuelvan realidad tan fácilmente?
Y entonces, cuando llegaron a una momentánea calma en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Probémonos – solo una vez. Si realmente somos el uno para el otro, entonces, en algún momento, en algún lugar, nos volveremos a encontrar. Sin duda alguna. Y cuando eso pase, y sepamos que somos 100% perfectos el uno para el otro, nos casaremos ahí mismo. ¿Qué te parece?”
“Sí,” dijo ella, “es exactamente lo que deberíamos hacer.”
Y así partieron, ella hacia el este, él hacia el oeste.
Sin embargo, la prueba que habían acordado era completamente innecesaria. Nunca debieron haberla hecho, porque realmente eran amantes 100% perfectos el uno para otro , y fue un milagro que se hayan encontrado. Pero era imposible para ellos saber esto, jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procedieron a sacudirlos sin piedad.
Un invierno, tanto la chica como el chico cayeron presa de una terrible fiebre de estación, y luego de luchar por su vida durante semanas perdieron toda la memoria de sus años anteriores. Cuando despertaron, sus manos estaban vacías como las de un mendigo.
Ellos eran dos jóvenes inteligentes y seguros, y a través de sus constantes esfuerzos fueron capaces de adquirir nuevamente el conocimiento y los sentimientos que los calificaban como miembros activos de la sociedad. Alabado sea el cielo, se volvieron ciudadanos increíblemente independientes que sabían combinar las distintas líneas del subte, y eran totalmente capaces de dejar una carta de entrega especial en el correo. De hecho, hasta experimentaron el amor otra vez, algunas veces tanto como al 75% o incluso al 85%.
El tiempo pasó asombrosamente rápido, y pronto el chico tenía treinta y dos, y la chica, treinta.
Una hermosa mañana de abril, en busca de una taza de café para comenzar el día, el chico iba caminando de oeste a este, mientras las chica, intentando mandar un carta de entrega especial, iba caminando de este a oeste, en la misma calle angosta del barrio de Barracas. Se cruzaron en el centro de la calle. El más moribundo destello de sus memorias perdidas brilló por un solo momento en sus corazones. Cada uno de ellos sintió el golpeteo en su pecho. Y lo supieron:
Ella es la chica 100% perfecta para mí.
Él es el chico 100% perfecto para mí.
Pero el resplandor de sus memorias era demasiado débil, y sus pensamientos no tenían la misma claridad de hace catorce años atrás. Sin una palabra, siguieron caminando, desaparecieron en la multitud. Para siempre.
Una historia triste, ¿no te parece?
Sí, eso es. Eso es lo que debería haberle dicho.
De Haruki Murakami